La estación de Once se convierte en un bucle sin
salida: los trenes llegan con retraso de veinte
años, las luces parpadean en ritmo de milonga, y
el aire huele a humo de cigarrillo y madera
vieja. No hay mapas que funcionen. Solo carteles
con nombres de barrios que ya no existen, como
La Boca de los Sordos o El Cementerio de los
Olvidados.
El mundo no avanza. Se repite. Cada día empieza
igual: el primer silbido del tren, el crujido
del andén, el paso de una sombra con chaqueta de
gabardina que nunca muestra el rostro.
El profesor llegó sin identidad. Lleva un
cuaderno de anotaciones en voseo, con dibujos de
máscaras de tango y frases como "la memoria no
tiene fecha". No recuerda cómo entró. Solo sabe
que alguien lo empujó hacia abajo, al fondo del
túnel, mientras gritaba: “¡No puedes volver!”
En la oscuridad, el sonido de una guitarra
inicia una canción que nadie reconoce. Alguien
canta. La voz es suya. Pero no fue él quien
cantó.
Cada noche, una mujer aparece en el andén
central. Viste negro, lleva un pañuelo de luto y
baila solo, con movimientos tan precisos que
parecen predecir el futuro. El profesor la sigue.
En el tercer encuentro, ella le entrega un sobre
con una foto: él, joven, en un patio de
inmigrantes, abrazando a un niño que no era suyo.
Las reglas no están escritas. Pero se cumplen:
si uno habla demasiado, el túnel se cierra. Si
uno se queda más de tres días sin moverse, sus
pies se hunden en el asfalto como si fueran
arena.
Una madrugada, descubre que el libro de
anotaciones está lleno de fechas falsas. El 14
de abril de 1927 —fecha de un atentado
anarquista— está marcada con tinta roja. Y bajo
esa línea, escrito en otro trazo: “Este tango no
se baila. Se paga.”
Baja al nivel más profundo. Allí, en un salón de
baile cubierto de polvo y espeluznantes espejos
rotos, encuentra el origen: una sala de ensayo
donde todos los músicos son fantasmas de quienes
murieron en las protestas de 1919. Ellos no
tocan para entretener. Tocan para mantener viva
la memoria de lo que se intentó borrar.
El profesor se da cuenta: no fue él quien escapó.
Fue el país quien lo encerró.
La última pieza del rompecabezas: el niño de la
foto fue su hijo. Lo tuvo en 1925. Lo perdió
cuando el gobierno cerró el registro de
nacimientos de inmigrantes. Nadie lo buscó.
Nadie lo nombró.
Cuando intenta salir, el túnel se niega a abrir.
Las puertas se derriten como cera. El único
camino posible es bailar.
Baila. No por voluntad. Por obligación. Porque
si deja de moverse, el lugar lo devora.
La música termina. El silencio es absoluto.
Y entonces, por primera vez en treinta años, el
tren entra. Con retraso. Con pasajeros. Con
maletas. Con niños que no deberían estar allí.
El profesor no sale. No se va.
Sigue bailando. En el subterráneo. En el tiempo.
En la nostalgia que no permite olvidar.


