La víspera del primer desfile de tango oficial
en el Teatro Colón, el cuerpo de un hombre
aparece bajo el escenario, con los pies atados
al compás de una canción olvidada. El baile no
terminó — comenzó.
El sistema de identidad en la Ciudad de Buenos
Aires cambió en 1893: todo extranjero debía
registrar sus huellas dactilares y marcar su
lengua materna en un libro negro. Los registros
eran públicos, pero las anotaciones secretas —
las "letras sin nombre"— solo existían
para el
Estado. Un hombre podía tener dos identidades:
una pública, otra oculta.
El bailarín, llamado Lino D’Amico, había sido
recluido por la Dirección General de Inmigración
en 1917 por “activismo anarquista sospechoso”,
pero nunca fue procesado. Su ficha estaba
marcada como “suspendida”. Ahora, veinte años
después, el libro negro se reabrió. Y su nombre
aparece en una lista de “bienes incautables”: el
derecho a moverse sin ser vigilado.
En el barrio de La Boca, el ritmo del tango ya
no es música — es código. Las milongas son
puntos de encuentro donde los cuerpos se
comunican con la punta del pie. Lino baila por
las noches en salones clandestinos, pero cuando
su parada de baile coincide con el ritmo de una
canción antigua, el patrón de pasos lo delata.
Una mujer lo mira desde el fondo. No dice nada.
Solo deja caer un papel doblado bajo el banco.
El papel contiene un número de ficha y una
dirección: Calle Corrientes 472, planta baja. Al
llegar, encuentra un cuaderno lleno de apuntes
en clave: nombres de inmigrantes que
desaparecieron, fechas de desalojos, listas de
tango que jamás fueron tocadas. El último
párrafo dice: “Si lees esto, ya no puedes volver
a ser quien eras.”
Una ley expresa: nadie puede tener más de una
identidad legal. Si se demuestra que uno posee
una segunda, es declarado “incorporable” —
perdido ante la ley. La policía puede rastrearlo
por cualquier señal de movimiento. El cuerpo es
propiedad del Estado si no tiene registro.
Lino toma el tren hacia La Plata. En el andén,
el conductor le pide el documento. No tiene
ninguno. Le dice que está en trámite. El hombre
lo mira. “¿Y qué pasa si no hay trámite?” Lino
responde con un paso de tango: adelante, cruzado,
cerrado. El tren se detiene. El conductor se
queda quieto.
Al bajar en el último paso, Lino no se detiene.
Sigue bailando. Cada paso marca un nuevo punto
de fuga. En el campo, entre los cipreses,
encuentra una tumba con una placa: “Aquí
descansa quien no tenía nombre.”
Vuelve a la ciudad. El teatro está vacío. El
público se ha ido. Pero el piano comienza a
tocar solo.
Lino entra. No hay audiencia. Solo el eco de un
compás. Se quita los zapatos. Pone los pies
sobre el piso de madera. Baila.
Cuando termina, el piano se calla. Y la puerta
del escenario se cierra.
No hay testigos. No hay registros. Solo el
silencio.
Pero en la sala, una vieja cantina de la esquina
guarda el número de ficha que ahora está quemado
en su memoria.


