En 2078, Buenos Aires flota sobre las ruinas de
sí misma, suspendida por campos gravimétricos
generados por cientos de miles de tangueros
muertos. El tango no es cultura: es energía.
Cada compás sincroniza los latidos del suelo,
cada paso mantiene el equilibrio del aire. Sin
tango, el cielo se derrumba.
El artista fracasado vive en el Subte Bajo,
donde nadie baila ya. Su nombre no importa. Solo
sabe que cuando pone el primer disco, el techo
temble. No hay ley contra el baile, pero hay una
regla tácita: si alguien baila sin permiso, el
sistema lo absorbe. El cuerpo se convierte en
nota. El alma, en acorde. Nadie lo dice en voz
alta, pero todos lo saben.
Una noche, escucha un fragmento de "La Vuelta al
Sur" grabado en un casete roto. La música le
atraviesa. Baila. El suelo se sacude. Un
silencio absoluto. Entonces, las luces parpadean
y el aire se congela. En el reflejo de un
cristal roto, ve su propio rostro deformarse —
como si ya no estuviera ahí.
Aparece una mujer con ojos de humo, vestida de
negro, sin zapatos. No habla. Solo señala el
pasillo más oscuro del subterráneo. Allí, bajo
el túnel olvidado, hay un auditorio abandonado.
Sobre el escenario, un piano con las teclas
negras, cubiertas de polvo. Y en el centro, un
microfono conectado directamente al suelo.
La regla no es escrita. Se siente: si uno
comienza a bailar allí, pierde la memoria. Pero
el artista fracasado ya no recuerda quién era
antes. Ya no le importa. Pone el disco otra vez.
Esta vez, no solo baila. Canta. Las paredes
vibran. El techo cruje. Las luces se encienden
de golpe. La ciudad entera responde.
Y entonces, el sistema se rompe. El tango no
puede contener el peso del pasado. Las calles se
desplazan. Los edificios se desvanecen. El aire
se vuelve líquido. La mujer desaparece. El piano
se quiebra. El artista cae. No grita. No llora.
Solo sigue moviendo los pies.
Cuando abre los ojos, está sentado frente a un
nuevo piano. El subterráneo es distinto. Hay
niños jugando con discos. Una pareja baila en
medio del andén. La luz es normal. El aire,
respirable. No hay campo. No hay régimen. Solo
tango.
Pero él no puede recordar cómo aprendió a bailar.
Y cuando mira sus manos, hay marcas nuevas.
Tatuajes invisibles. Un código. Una firma. El
poder oculto ya no está en el ritmo. Está en él.
Y ahora, todo el mundo quiere que bata.


