La lluvia no cae sobre la ciudad desde hace
siete días. En la esquina entre Rivadavia y
Lavalle, el piso del club El Baile Secreto
empieza a temblar con el primer compás de un
tango sin músico. Los transeúntes sienten el
ritmo en los dientes.
Un profesor de filosofía del liceo Mariano
Acosta desaparece tras entregar un mapa con
símbolos antiguos al portero de un teatro
abandonado. No dejó huellas. Solo una frase
escrita en el reverso de una entrada de ópera:
“El tiempo no corre. El tango lo mide.”
A partir de esa noche, todos los lugares donde
el tango fue prohibido o olvidado comienzan a
repicar solos. En el subte 12, el sistema de
sonido se enciende con una voz que canta en un
dialecto inexistente. Las mujeres que bailan
frente al espejo en sus casas descubren que sus
pies marcan patrones distintos a los de sus
cuerpos.
El profesor reaparece en el portal de una
librería de viejo, con el rostro cubierto por
una máscara de cuero negro y los dedos manchados
de tinta negra. Se acerca a una joven estudiante
de historia y le entrega un cuaderno con dibujos
de figuras danzando sobre planos de la ciudad.
Al abrirlo, el aire se detiene. Cada página
contiene una fecha distinta, pero todas terminan
el mismo día: el 20 de junio.
El gobierno local emite un comunicado: “No hay
emergencia. Todo está bajo control.” Pero a las
23:47, el sistema de alarmas de todos los
hospitales suena al unísono. En cada sala de
emergencias, los pacientes que estaban
inconscientes comienzan a moverse. No como si
despertaran. Como si fueran llamados.
El profesor se sienta frente al piano del Club
de las Estrellas, donde hace treinta años un
grupo de anarquistas firmó un pacto: que
mientras el tango viviera, la ciudad no moriría.
Que cada baile era un juramento. Que si alguna
vez el ritmo se interrumpiera, el cuerpo de la
nación se paralizaría.
Ahora, el tango no se toca. Se vive.
En el barrio de La Boca, una niña de cinco años
comienza a bailar sola en medio de la plaza. Sus
movimientos no son humanos. Son precisos.
Calibrados. Al tercer compás, el suelo se
resquebraja. Salen cables de luz verde de debajo
del asfalto. El silencio que sigue no es vacío.
Es el suspiro antes de la respuesta.
El profesor cierra el cuaderno. Lo arroja al
fuego. El papel no arde. Solo se deshace en
polvo que flota hacia el techo.
A las 00:00 del 21 de junio, la ciudad entera
deja de respirar. Y luego, todos empiezan a
bailar. No por elección. Por necesidad.
La música no viene de ningún lugar. Está en el
aire. En el agua. En el frío que entra por las
ventanas abiertas.
El último acto no es un final. Es una
confirmación: el pacto no fue hecho para salvar.
Fue hecho para recordar.
Y ya nadie puede olvidar.


