La calle se detiene cuando el último tranvía
cruza el barrio de Balvanera. En el fondo del
edificio, entre tejas agrietadas y olor a
humedad, una puerta de madera negra no cede.
Tras ella, la niña no tiene nombre, solo un
reloj sin manecillas y una voz que ya no
responde.
La madre soltera no habla. No necesita. Su
cuerpo se ha convertido en un sistema: cada
noche, camina alrededor del sótano con pasos
rítmicos, marcando el compás de un tango que
nadie baila. El sonido brota del techo, del piso,
como si la casa respirara por dentro. En los
muros, aparecen letras que no fueron escritas —
te quiero, no salgas, no me dejes.
El mundo cambió en 1902. Cuando la primera
fábrica de música eléctrica instaló sus cables
bajo tierra, el sonido dejó de ser solo aire.
Ahora, los ritmos pueden tocar el alma, hacerla
temblar, dormir o morir. Y quien escucha
demasiado, pierde el tiempo.
La regla no está escrita. Se siente. Si alguien
entra al sótano, debe bailar. Si no baila, se
queda. Si baila, no puede salir.
La hija no baila. No porque no quiera, sino
porque nunca aprendió. Los pies le pesan como
plomo. Pero la madre la mira desde el umbral,
con los ojos llenos de tango oscuro, y dice:
“Baila, o esta vez no vas a volver.”
No hay diálogo. Solo el sonido de un piano que
nunca fue tocado.
El encierro no es físico. Es musical. La casa lo
exige. Cada latido de la ciudad late al ritmo de
esa canción prohibida. Y cuando la niña
finalmente da un paso, el reloj del sótano marca
la hora exacta en que el primer inmigrante cruzó
el puerto de Buenos Aires.
La puerta se abre. El aire entra. El tango se
apaga.
La hija camina hacia la luz. No recuerda el
camino. Pero sí recuerda el peso del silencio.
Y en el fondo, el piano sigue sonando. Sólo para
ella.


