La fábrica de lona de Villa Crespo se apaga al
amanecer. El aire huele a aceite quemado y a pan
recién horneado. En el patio trasero, un hombre
arrastra una mula sin bridas por el barro. Su
nombre no importa. Solo sabe que nació con una
marca en la espalda: una estrella de cinco picos,
como las que dibujaban los anarquistas en los
carteles de 1910.
El sistema ha cambiado. Ya no hay tierras libres.
El gobierno paga por cada kilómetro de terreno
cultivado, pero exige que el productor firme un
contrato que lo vincula a un patrón. No se puede
vender sin autorización. No se puede mudar sin
permiso. No se puede morir sin que el Estado
registre el acta.
Él no tiene contrato. Nunca lo firmó. Pero tiene
una carta antigua, doblada en papel carbón, con
el sello de la Unión Obrera Regional. Dice que
su padre fue ejecutado por "tráfico de
ideologías". No hay prueba. Solo el eco del
bandoneón que toca en el fondo de sus pesadillas.
Empieza a oírlo en los trenes subterráneos. En
el sonido del viento entre los cables de luz. En
el silencio que sigue cuando el último tranvía
se detiene. Es un ritmo que no existe en ningún
disco oficial. Lo reconoce porque es el mismo
que bailaba su madre en la cocina, antes de que
desapareciera.
Cada noche, camina hasta el viejo cementerio de
la Recoleta. Allí, donde los muertos no tienen
nombres grabados, clava un palo de madera con un
cuchillo en la punta. En la tierra, traza
figuras geométricas. Las mismas que aparecen en
los mapas secretos de los anarquistas. No sabe
por qué. Solo siente que si deja de hacerlo, la
música se le mete en el pecho y lo mata.
Un día, el jefe de seguridad del distrito lo
detiene. Le muestra un documento: su nombre
figura en una lista negra de “elementos
peligrosos”. Por primera vez, ve el sello de la
Dirección de Seguridad Nacional. La ley dice que
todos los hombres con marcas de origen
extranjero deben registrarse. Pero él no tiene
pasaporte. Solo una foto de niño, con el pelo
corto y los ojos muy abiertos.
La multa es de tres meses de trabajo forzoso. Él
no tiene dinero. No tiene amigos. Pero sí tiene
la mula. Y el bandoneón que encontró debajo de
un techo caído. Lo lleva consigo al campo. Lo
toca una sola vez.
Al otro lado del río, en la pampa, un grupo de
ancianos se reúne bajo un cielo sin luna. Hablan
en voz baja. Mueven las manos como si dibujaran
en el aire. Uno de ellos mira hacia el sur y
dice: “El gaucho regresa”.
Cuando el sol sale, el cuerpo del hombre está en
la orilla del arroyo. La mula lo mira desde el
pasto. El bandoneón está roto. No hay más música.
Pero en el centro de Buenos Aires, alguien
empieza a tocarlo otra vez. En un club
clandestino. Bajo el nombre de Tango Oscuro.


