La Corte de los Tiempos Perdidos no juzga más
por leyes escritas, sino por ritos antiguos:
cada sentencia exige un sacrificio ritual, y el
juez que la pronuncia pierde memoria de todo lo
que ha dictado. El sistema funciona desde 1892,
cuando el primer magistrado juró que jamás
recordaría sus decisiones, a cambio de
inmortalidad en el poder.
En 1928, un funcionario desaparece tras fallar
en un caso de estafa contra un colectivo de
inmigrantes italianos. No hay cuerpo, solo una
nota en el foso: “El dinero no fue malgastado.
Fue entregado al silencio.” Desde entonces,
nadie recuerda el verdadero destino de los
bienes confiscados —ni quién los recibió.
El juez implacable, ahora de sesenta años,
comienza a soñar con pasos sobre parquet de
tango. Las huellas no pertenecen a ningún hombre
vivo. En sus sueños, el piso late como un
corazón. Al despertar, encuentra tizne negro en
las manos, igual al que usaban los anarquistas
para pintar carteles antes del primer golpe
militar.
La regla más secreta del sistema: no puede
investigar casos anteriores a su nombramiento.
Si lo hace, pierde el derecho a ejercer. Pero el
13 de mayo, mientras revisa un expediente de
tráfico ilícito de arte, descubre un retrato de
sí mismo joven, firmado con su nombre actual, en
una sala abandonada del Museo de Antigüedades.
Lo que sigue no es un juicio. Es una ejecución
simbólica. El juez entra al sótano de la corte
donde se entierra el resultado de cada sentencia.
Allí, bajo un altar de tejas rotas y fotos
quemadas, halla un cofre de hierro con el nombre
de la víctima de la estafa original: un niño de
once años, muerto de hambre en el barrio de La
Boca.
No hay confesión. No hay testigos. Solo un disco
de gramófono con un tango oscuro, grabado en
1905, que dice: “Si el juez escucha, el mundo se
derrumba.”
El juez apaga el aparato. Toma el cofre. Lo
lleva al puerto. Lo arroja al río.
A partir de ese momento, todos los registros de
la corte empiezan a borrarse. Los jueces que se
niegan a entrar en la sala ya no saben dónde
está. Y en las calles, los tranvías paran sin
razón. Las luces de Buenos Aires se apagan una a
una.
Al amanecer, el juez camina desnudo por la plaza
del Congreso. Su piel no tiene marcas. Su mente
no guarda palabras. Solo sabe que algo se rompió.
Que el poder oculto no era un sistema. Era una
mentira que necesitaba ser creída.
Y el silencio, finalmente, responde.


