La plaza de Mayo no tiene relojes. Las agujas
del horario público se congelaron el 13 de
octubre de 1897, cuando un corral de migrantes
anarquistas encendió una fogata bajo el altar de
la Virgen de Luján y juró que el tiempo no
volvería a avanzar si los hijos de los
forasteros eran olvidados.
Desde entonces, el mundo se repite: la misma
neblina de invierno, el mismo tango quebrado en
las milongas, el mismo silencio entre dos sones.
Los muertos no pasan, los nacidos no crecen.
Solo los niños varían — algunos se apagan sin
dejar huella.
Él camina con botas de cuero viejo, pantalón
ajustado, sombrero de ala ancha. No usa celular
ni recibe correos. Es el único que vive fuera
del ciclo. El gaucho moderno. Su trabajo:
rastrear desaparecidos. No hay policías, solo
gente que entra en la pampa y no vuelve.
El sistema no permite más de tres días de
ausencia. Si alguien desaparece antes de ese
plazo, el gobierno local lo borra del registro y
lo reemplaza con una figura de arcilla que lo
imita durante una semana. Luego, la arcilla se
quiebra.
Su hija no volvió del taller de bordado. El
tercer día, el oficial de registros le entregó
una estatuilla. El rostro era el suyo.
Ella había dejado una canción escrita en papel
de seda: “No me toques, papá. No soy yo”.
El pacto sobrenatural exige un sacrificio: uno
por cada desaparición, el responsable debe
entregar algo vital. No dinero, no sangre, sino
un recuerdo clave. Un instante de felicidad que
no puede recuperarse.
Él fue a la capilla abandonada de la Villa
Crespo. Allí, en el fondo del altar, había un
horno de ladrillos. Metió dentro la memoria de
su primer abrazo con ella, cuando tenía cinco
años, en el parque Rodó, bajo el sol de mayo.
El horno ardió.
Al salir, el tiempo volvió a moverse. La neblina
se disolvió. Un tren llegó tarde desde Rosario.
Un niño corrió hacia su madre. Y en la plaza, el
reloj marcó las 5:47.
Su hija apareció en el portal de la casa de sus
abuelos. Sin palabras. Con los ojos vacíos.
Pero ya no era la misma.
Y él, en cambio, no recordaba jamás el parque
Rodó.


