El puerto de La Boca traga humo y esclavos de la
piel nueva. En 1927, cada barco que llega deja
un nombre sin historia. Los inmigrantes no
hablan: cantan. No se asentan: se funden en los
bordes del río, donde el aire vibra con melodías
que nadie aprendió. Ellos no bailan. Ellos
obedecen.
Un sacerdote con voz de barítono —pálido, de
ojos secos— recibe una misión: enterrar a un
muerto que nunca fue enterrado. El cuerpo está
en una capilla abandonada, sobre una mesa de
madera negra, cubierto por un velo rojo. Al
tocarlo, el sacerdote siente el ritmo. Un compás.
Como si el cadáver hubiera estado vivo hace un
minuto.
El primer reglamento: nadie puede cantar sin
haber sido elegido. Si lo hace, pierde la
memoria del lugar donde nació. El segundo: las
palabras que salen de un hombre poseído no son
suyas. Son del primero que cayó al agua en el
puerto.
El sacerdote comienza a escribir partituras que
no existen. Las pone en los rincones de los
cafés, debajo de los bancos del teatro Colón.
Cada noche, alguien las encuentra. Cada noche,
alguien canta. Y cada mañana, desaparece. No hay
huellas. Solo el eco del tango.
La Iglesia lo llama. Le entrega un crucifijo
nuevo. Dice: “No puedes más”. Él lo mira. Lo
rompe contra el piso. El cristal se quiebra como
si estuviera lleno de notas.
En la última función del teatro, el sacerdote
sube al escenario sin micrófono. Aparece una
mujer con el rostro cubierto de ceniza. Baila.
Su pie derecho no toca el suelo. El público se
queda quieto. Todos saben que no deben
reconocerla. Pero todos la ven.
Él empieza a cantar. Una canción que no tiene
letra. Solo compás. Solo dolor.
Cuando termina, el escenario está vacío. La
mujer desapareció. El público también. Solo
quedan tres personas: el sacerdote, un niño de
ojos oscuros, y un viejo que sostiene una
guitarra que no tenía antes.
El niño le entrega un papel. Dice: “Ya no
necesitas seguir. Ya estás aquí”.
El sacerdote camina hacia la salida. No mira
atrás. El tango no se canta. Se vive. Y ya no
hay quien lo detenga.
El aire en La Boca huele a humedad y a olvido.
Las luces se apagan. Pero en algún callejón, un
piano comienza a sonar solo.


