La estación Once recibe su primer tren desde

Italia en 1893. Entre el humo de carbón y el

olor a pan recién horneado, un niño de diez años

es arrastrado por un hombre con bata de

funcionario. Su nombre jamás aparece en los

registros. Solo el número 742 queda marcado en

una hoja de papel con tinta azul que se

desintegra al contacto con el agua.

En 1901, el Ministerio de Inmigración crea el

Registro Nacional de Identidad Temporal. Cada

inmigrante debe entregar una huella digital, una

fotografía en blanco y negro, y una muestra de

cabello. Los que no cumplen son clasificados

como “sin estado”. No pueden trabajar, viajar,

ni ser enterrados. Su existencia es borrada cada

vez que el archivo se actualiza.

El periodista, un exlector de cartas postales en

el diario La Nación, empieza a revisar antiguos

archivos de desaparecidos. Encuentra una lista

de cien nombres que coinciden con personas

registradas en 1905 pero nunca aparecieron en el

censo de 1910. Algo no cierra.

En un sótano bajo el teatro Colón, descubre una

caja de latón con seis mil fichas de

“inexistentes”. Cada una contiene una carta

escrita a mano, todas firmadas con el mismo

sello: “Para quien quiera escuchar”. Una de

ellas dice: “No me mataron. Me olvidaron.”

La primera regla que muerde: si un inmigrante no

tiene registro en tres meses, el sistema lo

declara muerto automáticamente. La segunda: las

huellas digitales enviadas al centro de Córdoba

no se almacenan. Se usan para activar nuevos

documentos falsos.

En junio de 1912, el periodista entra al Archivo

Central con una cámara de fotos antigua. El

guardia no lo detiene. Atraviesa pasillos donde

las luces parpadean según el ritmo del tango que

suena en el fondo. Al llegar a la sala 14,

encuentra una pila de cadáveres envueltos en

lienzo blanco. Cada uno lleva una placa con el

número 742.

Las puertas se cierran. El ruido del tango se

detiene. La luz se apaga. Cuando vuelve a

encenderse, la sala está vacía. Pero el

periodista ya no puede salir. Sus dedos están

cubiertos de tinta azul. Su huella digital ha

sido escaneada.

Al día siguiente, el diario publica una nota

breve: “Desaparecido un empleado tras inspección

técnica. Trabajo en curso.” La foto que acompaña

es de un hombre sin rostro.

Buenos Aires sigue bailando. El tango oscuro

resuena en las esquinas. En las calles de La

Boca, niños cantan versos que nadie sabe quién

escribió. Y en los archivos secretos, el número

742 sigue apareciendo.