La ciudad no muere; se resquebraja. Tras el
colapso de 2043, las calles de Buenos Aires
quedaron bajo un silencio de cristal: no hay
tráfico, no hay gritos, solo el eco de pasos que
nunca terminan. El aire huele a humedad y a
petróleo quemado. Los edificios más altos se
derrumban lentamente, como si la tierra se
estuviera tragando su memoria.
El soldado veterano, sin nombre en el registro
oficial, camina cada noche por el Cementerio de
La Recoleta. No busca a nadie. Busca el ritmo.
Al principio era un hábito: la música que
escuchaba antes del apagón, cuando aún había luz.
Ahora, el ritmo late en las lápidas. Cada paso
sobre el pavimento roto hace vibrar una nota
invisible. No hay radio, no hay instrumentos.
Solo el suelo sabe cómo tocar.
El poder oculto no está en armas ni en mapas.
Está en el lugar donde el pasado se niega a
desaparecer. Cuando el soldado pone un pie sobre
una tumba marcada con el apellido "
Martínez", el
suelo se alza como una ola. Las piedras giran.
Un tango comienza sin músicos. Las sombras se
mueven en sincronía. El aire se espesa. Y él
recuerda —no desde un flash, sino desde dentro—:
aquella noche en 1956, cuando el teniente le
dijo que “el cortejo no puede volver”.
La regla que nadie menciona: no se puede bailar
dos veces en el mismo sitio. Si lo haces, el
cuerpo se queda. No muere. Se convierte en parte
del compás. El soldado ya no sabe si está vivo o
si solo sigue el paso.
Al tercer día, su sombra se separa. Camina sola.
Baila el tango de dos cuerpos. Él no lo ve, pero
siente el vacío donde debería estar el pecho. La
ciudad lo reconoce: los muros de la exestación
de Once empiezan a cantar. Los cables
electrificados arden en silencio. No hay fuego.
Hay música.
En el momento en que el último compás termina,
el cementerio deja de temblar. Las tumbas
vuelven a su lugar. El aire se aclara. El
soldado se detiene. Su piel ya no tiene calor.
Pero sus pies siguen moviéndose.
Y en la oscuridad, un nuevo tango comienza.


