El río que antes corriía entre campos de trigo

ahora seca como piel muerta. El viento arrastra

hojas de papel quemado y restos de carteles de

tango que nadie canta. Las estaciones eléctricas

ya no envían señales, y los trenes abandonados

se han convertido en nidos de pájaros negros. En

este nuevo mundo, el agua no fluye por gravedad,

sino por memoria: solo brota donde alguien

recuerda cómo se llamaba el pozo.

El médico rural llegó al Pozo del Olvido sin

mapa, sin radio, sin nombre propio —solo con un

maletín de cuero que nunca abrió. Vivía solo,

atendía a los últimos habitantes del campo,

curaba fiebres que no responden a medicamentos

antiguos. Cada noche, escribía en un diario con

tinta que se volvía polvo si el viento soplaba

fuerte.

La primera señal de ruptura: un niño de ojos

claros aparece en la puerta con las manos

sangrando. No dice nada. Solo sostiene un pedazo

de tela con el logo de un club de tango

desaparecido. El médico lo cura. Al día

siguiente, el niño ha desaparecido. En el suelo,

una huella de botas hundidas en el barro, pero

el barro no tiene humedad.

La regla que no estaba escrita: no toques lo que

ya no está vivo. Pero el médico toca el cuerpo

del niño cuando lo encuentra en el pozo. Lo hace

para verificar el pulso. Y entonces, el pozo

empieza a cantar. Una voz de mujer, antigua, con

ritmo de milonga, que no pertenece a ningún

disco.

Las voces comienzan a salir de los pozos vacíos.

Hablan de cosas que nadie recordaba: nombres,

fechas, rostros. Un hombre de la ciudad que

murió en 1932, un anarquista que nunca existió.

El médico escucha. No puede evitarlo. Cada

palabra que oye lo convierte en un cadáver que

no puede enterrar.

Llega el secuestro. No hay disparos. No hay

gritos. Solo una sombra que entra por la ventana,

llevándose el diario. El médico corre tras ella.

Corre hasta que sus piernas no obedecen. Se

detiene frente a un pozo que nunca había visto.

Tiene forma de bota de tango.

En el fondo, no hay agua. Hay una caja de madera.

Dentro, un retrato de una mujer joven, sonriendo.

Al reverso, una firma: “Porque me olvidaste, yo

te guardo.”

El médico reconoce el estilo de escritura. Era

su madre. Ella murió en 1928, durante la gran

sequía. Él no tenía memoria de ella. Nunca supo

que había sido una médica itinerante que viajaba

por el sur, curando a inmigrantes que no tenían

permiso para morir.

Ahora sabe por qué el pozo canta. Porque todos

los que fueron olvidados tienen voz. Porque el

mundo postapocalíptico no funciona por energía,

sino por recuerdo. Y cada vez que uno vive, debe

pagar con algo que no puede devolver.

El médico se queda parado. El pozo emite un leve

zumbido. Entonces, camina hacia atrás. No busca

respuestas. No grita. Simplemente cierra el pozo

con una piedra. La tierra se asienta. El canto

desaparece.

No hay redención. Solo el acto de dejar de

buscar.

El sol se pone sobre el campo seco. Nada cambia.

Pero el pozo ya no canta. Y él, por primera vez

en años, deja de escribir.