La lluvia no cae desde 1942. En las calles de

Buenos Aires, el cielo está vacío como un oído

sordo. Las torres de la planta eléctrica, ahora

abandonadas, proyectan sombras que no cambian de

hora. La gente camina con los ojos bajos, porque

mirar al cielo puede hacer que te olvides del

nombre.

El tren llega sin anuncio. Un hombre baja con el

uniforme de un profesor de filosofía, el mismo

que desapareció en 1932 durante una huelga de

intelectuales. Su cara es la de un desconocido,

pero sus manos reconocen el gesto de escribir al

revés. El documento de identidad dice que es él.

El cuerpo dice que no.

En el barrio de Balvanera, las puertas de las

casas ya no tienen picaportes. Se usan clavijas

de madera para marcar si hay alguien adentro. Un

vecino lo reconoce: "No era así cuando

salió".

El profesor entra a la casa donde vivió. Todo

está tal como lo dejó, menos el cuarto de

estudio: el libro de Nietzsche está abierto en

la página 78, y el texto ha sido reescrito con

tinta negra. Solo dice: “No eres tú. Pero sos el

que falta.”

Cada noche, aparece una carta bajo la puerta.

Sin firma. Escrita en voseo, con trazos

nerviosos. Dice: “Si estás vivo, no digas nada.

Si no estás, no lo sepas.”

En la biblioteca municipal, el sistema de

préstamo ya no funciona. Los libros se entregan

solo a través de un ritual: dejar un objeto

personal sobre el mostrador, y esperar tres días.

Si el libro regresa, fue leído. Si no,

desapareció. El profesor deja su pluma. Al

tercer día, el libro de El Libro de los Seres

Perdidos vuelve. Abierto en la misma página. Hay

una marca de sangre seca en el margen.

Una mañana, el edificio donde enseñaba se

derrumba. Entre los escombros, un cartel

improvisado: “Nadie debe recordar”. Aparece una

foto antigua: él, con otro hombre, ambos con el

mismo rostro. Firmada con una sola palabra:

“Suplantación”.

El profesor entra en el subterráneo donde antes

estaba el archivo histórico. Las paredes están

cubiertas de nombres escritos con carbón. Uno de

ellos es el suyo. Bajo él, un segundo nombre:

“Alfredo Vargas”, muerto en 1932. Debajo, una

frase nueva: “El que sobrevive no tiene derecho

a vivir”.

A las tres de la madrugada, el agua del pozo del

patio comienza a burbujear. Del fondo emerge una

mano que no pertenece a nadie. La agarran. Se

abre el tapón. Sale un cadáver. Con el rostro

del profesor. Con el documento de identidad del

verdadero Alfredo.

El cuerpo es enterrado en silencio. El profesor,

que nunca fue él, queda solo en la ciudad. Sabe

que no puede hablar. Que si pronuncia su nombre,

el cielo volverá a llover. Que si se mira al

espejo, ya no habrá reflejo.

Y entonces, en el umbral de la puerta, aparece

un niño con un diario de dibujos. Abre el primer

cuaderno. Dibuja una figura alta, con gafas,

parándose frente a un espejo que no lo muestra.

El título del libro: “¿Quién soy yo?”.

El profesor lo toma. No lo lee. Lo cierra. Y lo

deja sobre la mesa.

La ciudad sigue sin lluvia.

El aire sigue sin peso.

Y nadie más recuerda que alguna vez hubo un

hombre que no era nadie.