La lluvia no cae desde hace dieciocho meses. El
cielo está vacío, como si el aire hubiera
tragado el agua. Buenos Aires respira con los
ojos cerrados: edificios sin luz, calles sin
nombres, trenes inmóviles en estaciones donde ya
nadie baja. El mundo no terminó con una bomba,
sino con el último tango que se escuchó en 1930.
Fue entonces cuando comenzaron los sueños. No de
personas, sino de canciones. Canciones que no
existían. Melodías que sonaban en la cabeza de
quienes habían vivido antes del colapso, como si
el aire mismo retuviera los ritmos perdidos. La
gente empezó a cantarlas sin saber cómo, como si
el cuerpo recordara más que el alma.
Ella, Lucía, era profesora de canto en una
escuela subterránea bajo el Teatro Colón.
Encontró un cilindro de acetato en una caja de
madera oxidada, marcado solo con letras
desgastadas: Tango para quien no puede olvidar.
Lo puso en un tocadiscos de manivela y el disco
giró.
La primera nota fue un latido. Luego, un hombre
apareció en la pared del sótano. No estaba allí
antes. Miraba fijamente, con ojos de humo. Y
cuando el segundo compás sonó, el suelo tembló.
No era música. Era una ruptura. Un recuerdo
forzado. El tango no era solo danza: era un
mecanismo. Cada canción podía reactivar una
memoria colectiva. Pero al usarla, uno perdía
otra. Al recordar el año 1928, Lucía dejó de
recordar el rostro de su hermano menor.
Las autoridades —un grupo de antiguos ingenieros
que controlaban los generadores— proclamaron que
el uso de melodías pasadas era traición al orden.
“El pasado no debe ser reanimado”, decían,
aunque no había más que pastos quemados y
silencios rotos.
El profesor llegó en invierno. No llevaba abrigo.
Su chaqueta tenía un agujero donde debería estar
el corazón. Dijo que venía a parar el tango. Que
ella había abierto una puerta que nunca debió
abrirse.
Caminó por el túnel del ferrocarril hasta el
fondo de la ciudad. Allí, donde el metro se
detuvo en 1945, encontró a otros como ella:
personas que habían tocado canciones prohibidas.
Sus rostros estaban vacíos. Habían perdido todo,
menos el deseo de volver a sentir.
Lucía se negó a borrar el disco. Aunque el
profesor le mostró el archivo de muertes:
treinta y dos personas que habían recuperado una
vida y luego desaparecido. Él dijo que el precio
era el presente.
Esa noche, el tango sonó otra vez. Desde el
techo del Hospital Rivadavia. Desde los balcones
de la Casa Rosada. Desde el patio del cementerio
de la Recoleta, donde las lápidas se movieron
levemente.
Y cuando el último compás finalizó, Lucía se
sentó en el suelo del sótano. No recordaba cómo
se llamaba su madre. Pero sabía que el tango no
era un error. Era una promesa.
La ciudad siguió sin lluvia. Pero ahora, cuando
el viento pasa entre los rascacielos, se oye un
susurro. No es viento. Es un baile.
Y en el fondo de la tierra, alguien sigue
tocando.


