La ciudad no tiene luz desde el colapso del

sistema eléctrico en el 27. El humo se asienta

en las calles como un sudario. Las torres del

teatro Colón se derrumban por el peso del

silencio. Nadie habla de antes. Solo el tango

sigue vivo — no porque quieran, sino porque el

sonido arraiga en las paredes como raíz.

En la calle de la Catedral, una mujer con pelo

negro como aceite camina con botas de cuero

gastado. No lleva reloj. No necesita contar el

tiempo. El mundo ya no lo da. Ella es conocida

entre los supervivientes como la que deja

muertos en sus huellas. Un rumor: si te mira

fijo, no vuelves a dormir.

El ritual comienza cuando encuentra el bastón de

su marido, enterrado bajo los escombros del

barrio de La Boca. Lo saca con las manos

desnudas. No sangra. No le duele. El metal está

frío, pero late como si tuviera pulso. Ese día,

el aire cambia: empieza a temblar. Los edificios

más altos repiten un compás de milonguero.

Aparece el otro. Un hombre con uniforme de

guardia civil, deshilachado, con una espada

oxidada que no corta nada. Dice que fue él quien

mató al marido. Que lo hizo para proteger a la

ciudad. Que el tango era el único modo de

mantener viva la memoria colectiva. Ella no

responde. Solo levanta el bastón.

El duelo no es con armas. Es con sonidos. Él

canta una canción de amor vieja. Ella responde

con una melodía prohibida: La noche que me

robaron. La música no se escucha. Se siente en

el pecho, en el hueso. A cada nota, el suelo se

agrieta. Una ventana estalla. Una lámpara de gas

prende sola.

Cuando termina, el hombre cae de rodillas. No

está herido. Está vacío. Su sombra se deshace

como tinta en agua. Ella no lo mata. Lo deja ahí,

rezando por algo que ya no existe.

Al amanecer, el bastón se convierte en un palo

de madera. El tango calla. El aire vuelve a ser

pesado. Ella camina hacia el río, sin mirar

atrás. El mundo no ha cambiado. Pero ella sí. Ya

no espera. Solo vive.

Y en el fondo de la casa de la plaza, alguien

empieza a tocar un piano.