La ciudad ya no tiene luz. Solo el zumbido del
generador en el sótano del viejo café La Fuga,
donde el aire apesta a humo y miedo. El agua
llega cada tres días, filtrada con trapos de
lana. En la cocina, una mujer de manos marcadas
por el fuego prepara asados con carne de perro y
hojas de albahaca silvestre. Su nombre no
importa. Lo que importa es que sabe cómo cocinar
como antes: con olor a hierbas secas, con
cuchillos de acero que no se oxidan, con salsas
que hacen llorar a los muertos.
Las reglas son simples: nadie entra sin un
recibo de ración, y nadie cocina sin
autorización del comité. Pero ella lo hace igual.
Una vez, le cortaron el dedo por usar sal de más.
No dijo nada. Sólo limpió el piso con su camisa.
El primer día del motín, la gente rompe el
vidrio de entrada. Llegan con palos, con pedazos
de madera, con ojos que ya no creen en el mañana.
Alguien grita que el chef es responsable porque
el último pollo fue entregado a un niño rico.
Ella no responde. Se sube al taburete, toma el
cuchillo de corte largo, y empieza a picar.
No hay diálogo. Solo el crujido del filo sobre
el mármol. Los otros miran. Uno da un paso
adelante. Ella levanta la cabeza. No amenaza.
Solo muestra el plato: carne desmenuzada, salsa
oscura, un puñado de ají negro. Lo sirve en un
plato de cerámica con un dibujo de tango que
nadie reconoce.
La multitud se detiene. Porque el olor —el
verdadero olor— no es de hambre. Es de memoria.
De abuelos, de veranos en Palermo, de tangos que
sonaban desde las ventanas de los inmigrantes.
Algunos se sientan. Otros se quedan de pie, pero
ya no golpean.
Ella sigue cocinando. El generador falla. Las
luces se apagan. El último corte de tango se
sirve en tinajas. Nadie pregunta quién lo hizo.
Nadie quiere saber quién era. Solo saben que el
sabor era el mismo del mundo que se fue.
Al amanecer, el comité encuentra sus
herramientas rotas. La cocina está vacía. Pero
en el piso, junto al horno, queda un trozo de
papel: un menú con cinco platos. El último dice:
“Para quien no quiera olvidar.”
Nadie lo lee. Todos lo saben.


