La ciudad está bajo nieve perpetua desde el año

2048, cuando el sistema de geotermia falló y el

subsuelo se congeló en capas de hielo blanco que

estrangulan las vías. Las personas ya no caminan

sobre tierra firme; se mueven por pasillos

elevados entre ruinas cubiertas, donde el aire

huele a humedad y metal oxidado. El agua potable

es racionada por cápsulas de cristal, y las

comunidades se regeneran con sangre y promesas

olvidadas.

En el barrio de La Boca, bajo el ala de un

teatro abandonado donde antes se bailaba tango,

una mujer con hábito de lana gris recita

oraciones sin fe. Es la única que aún lleva el

sello de la Iglesia del Lamento, pero sus rezos

no responden. Las puertas de las casas están

cerradas con candados de hierro fundido, y las

ventanas solo abren hacia el interior: nadie

mira afuera.

Las desapariciones comienzan en octubre. Tres

mujeres desaparecen en tres días. No hay huellas.

No hay gritos. Solo una nota escrita en papel de

libreta de escuela, doblada en forma de mariposa,

dejada en el umbral. Dice: “No es muerte. Es

volver.”

Ella investiga. Escala muros de hielo hasta

encontrar una trampa oculta bajo el suelo del

teatro. Un ascensor antiguo, alimentado por

energía geotérmica residual, baja hasta una red

de túneles que nunca estaban en los mapas. Allí,

bajo el barrio, las mujeres están vivas —

inmovilizadas en pozos de cristal helado,

conectadas por cables negros que pulsan como

venas. Sus cuerpos laten al ritmo de una música

distorsionada.

Descubre que el ritual fue instituido por un

grupo de monjes exiliados tras el colapso del

sistema energético. Ellos creen que si se extrae

el alma de una mujer joven y se la inserta en

otra conmemorada por el hielo, la ciudad podrá

“recordar” cómo era antes. La identidad perdida

no se reemplaza: se sustituye.

La sacerdotisa encuentra a una de las

desaparecidas. Es su hermana menor, desaparecida

hace diez años. Está viva, pero su rostro ha

sido borrado por el proceso: no tiene nombre ni

gestos. Solo parpadea cuando oye un compás de

tango.

Al final, ella rompe el núcleo del sistema.

Arranca los cables. El hielo empieza a quebrarse.

Los pozos se agrietan. Las mujeres dentro dejan

de latir. Una ráfaga de viento frío atraviesa el

teatro. El silencio se vuelve insoportable.

Una sola canción se reproduce, apenas audible,

desde un viejo fonógrafo: “Mi noche triste”, en

versión desafinada, como si el mundo entero

hubiera aprendido a cantar mal.

Ella no grita. No llora. Se quita el hábito y lo

arroja al pozo más cercano. Sale al balcón del

teatro. En el cielo, por primera vez en décadas,

aparece una estrella.

Y ella comienza a bailar.